Llamadas perdidas
Posteado en Auténtica Tropelía, Ficciones con etiquetasAdd new tag sobre Abril 13, 2008 por JavaLinas17 llamadas perdidas.
1 sms: “hola, que no era nada. 1 bso”.
17 llamadas perdidas.
1 sms: “hola, que no era nada. 1 bso”.
Atendiendo a la (cariñosa) regañina de balbalu por no actualizar nunca, me lanzo a escribir este poema mañanero/resalquil/frankensteiniano que versa sobre la angustia existencial, todo un clásico/tópico.
ansiedad desatada ante el documento de word en blanco
la realidad nunca ha sido lo que fue después del fotoshop
en el imaginario flota alfredo landa junto a darek hibridados
aparatos siderales ciber-carcas para no hostiarse en el amor
¿y si somos texto como en matrix?
¿y si todos somos john malkovich?
ave maría ¿cuándo serás mía?
déjame saltar desde tu ventana, aún me quedan siete vidas*
y ¿para qué orange? si me conecto a internet sólo con drogas
dime chacho dónde pasan cocaína
gigabytes sangrantes por la rariz asoman
*Lease ya he vivido siete birras
Me encantaría estar durante 24 horas de seguido en una biblioteca en época de exámenes. De momento, no tengo planeado hacerlo, tampoco lo deseo tanto, pero sí que puedo jugar con la idea…
Un estudio de esos que se hacen en Wisconsin (¿existirá realmente ese lugar?) invirtiendo mucha pasta y experimentando con ratas para luego transferir sus resultados al género humano (como si tal cosa no supusiera en la mayoría de las ocasiones una idiotez), ha llegado a la conclusión de que “dormir es fundamental para aprender“, algo que cualquiera que haya estudiado alguna vez alguien para superar alguna pueba, sabe sin necesidad de tanta floritura cientifizoidea. Perdón si me invento palabras pero es que soy académico de la legua, premio nobel de literatura a título compartido y finalista de un concurso de poesía en el instituto.
¿Qué coño estaba yo diciendo?
Ah sí, no me toméis drogas para estudiar, tomádmelas para divertiros mientras estudiais.
La biblioteca en época de exámenes es un espacio a punto de explotar. La fuerza de todas las concentraciones juntas, es sumamente peligrosa. Bueno, luego hay gente que va a pasearse, se lleva sus chucherías y sus coca-colas con cafeína, como ese chico con gafas y olor a atún en el pelo, hay una copia de él en todas las bibliotecas o por lo menos en todas a las que voy.
Es una tesis arriesgada pero, en mi opinión, buena parte de los resultados de los exámenes dependen de las personas con las que se comparte biblioteca, las conozcas o no.
Quizá desarrolle más esta última idea en algún otro post…
Escribo este post desde la biblioteca de la universidad entre estanterías metálicas, columnas de hormigón, libros dispuestos/agrupados por signaturas, (aunque no descarto que haya alguno perdido entre los muchos), gente llevando a cabo sus quehaceres (desde ligar a estudiar, pasado por curiosear entre los títulos) y muchas otras cosas que mis ojos, por el momento, son incapaces de apreciar. La falta de ganas ha sido el motor de todos mis actos desde el pasado lunes, sin embargo, he cultivado algunos de los pequeños placeres de la vida durante estos días, tales como dormir la siesta, mirar un padrastro de mi dedo durante horas y horas o fantasear con una piscina de pelotas anti-stress en mi futura casa. He leído Doing cultural studies y he aprendido que, desde esta perspectiva, el análisis de cualquier artefacto o texto requiere tener en cuenta cinco dimensiones: representación, indetidad, producción, consumo y regulaciones, las cuales sólo pueden pensarse cruzadas/atravesadas. La representación alude a discursos y lenguajes orales y visuales en torno al objeto, la identidad a procesos de igualación y distinción, la producción es técnica y y cultural y no acaba cuando el artefacto sale al mercado, se prolonga a la apropiación del mismo por parte de distintos grupos en distintos contextos. Consumir es producir signos según Baudrillard, el consumo depende del gusto, determinado, a su vez, por el habitus (Bourdieu) donde juegan capitales económicos y culturales. La regulación tiene que ver con el movimiento del artefacto oscilando entre privado y público.
Me gusta Sé lo que hicisteis…
… ya sé que traté bastante mal.
Parque Warner. Tú, anorak verde y botas de punta de acero. Yo, camiseta marinera y pantalones bombachos. Apalizabas sin piedad a piolín con tus amigos skinheads y nos miramos. ¿Un café?.
23 de noviembre, esquina de Gran Vía con Montera. Contemplaba la bella arquitectura madrileña con una lata de Fink Bräu en cada mano. Nunca olvidaré la manera en que me dijiste “guapo, tú me das 25€, y yo te doy por el culo”. Lamento mi timidez esa noche.
Todos los días, en la bibloteca de políticas y sociología, escribo poesías de amor y cuando vas al baño las dejo entre tus apuntes. ¿follamos?.
Nochevieja del 51. Soy Paula ¿recuerdas?, te invité a una copa, te di el messenger y dijiste que me añadirías a tus contactos, no sé si lo has perdido o si lo escribí mal. Yo te sigo esperando, ojos tristes.
Marte, 5º año sublunar. Después de abducirte y traerte a nuestro planeta, intenté soltarte y me machacaste el escroto con una patada de taekwondo. Nunca me he sentido tan vivo, quiero volver a verte.
Me imagino la escena: Génova trece, séptima planta. Marianín, gracias a su leve estravismo, consigue mirar a lo dos al mismo tiempo, uno con cada ojo mientras entran y toman asiento. En la misma sala, Acebes mastica una chirimolla sin quitar la piel ni las pepitas y observa la ciudad a través de la ventana; adorna la solapa de su chaqueta una insignia de los legionarios de cristo. Marianín saca un papelajo arrugado y con manchas de chorizo de su pantalón y comienza a leer: “Alberto Ruíz Gallardón (hace un alto, su labio registra un leve temblor) no va en las listas”. “Vete a tomar por culo, hijo de puta”, sugiere Gallardón gritando, “Jódete, gafotas de mierda” entona Esperanza mientras hace unos pasos de claqué seguidos de una vuelta a lo Bisbal… comienza una fuerte discusión entre ambos. Acebes sigue absorto mirando por la ventana, ayer leyó Guerra y Paz de Tolstoi después de hacer un curso de lectura rápida. “Creo que decía algo de Rusia” piensa para sí mismo. Marianín no levanta la vista, sigue mirando el papel, tiene ganas de chupar el manchurrón de chorizo, pero le parece inapropiado.